
Muy presentes en la mitología egipcia, el ganado formaba una parte importante de los rituales de ofrenda. Los toros eran una ofrenda muy apreciada por los dioses. El historiador griego HERÓDOTO nos cuenta que, para que un toro fuera considerado apto para el sacrificio, el animal tenía que ser examinado de varias maneras. Primero, un sacerdote inspeccionaba al toro para asegurarse de que no tuviera pelos negros en ninguna parte de su cuerpo. Luego examinaba la lengua del animal para comprobar que estuviera limpia e inspeccionaba la cola para cerciorarse de que el pelo crecía en la dirección correcta. Cuando un toro superaba estas rigurosas pruebas, el sacerdote envolvía una tira de papiro alrededor de los cuernos y la sellaba con cera estampa con su anillo de sello. Llegado el momento del sacrificio, el toro era conducido a un altar, donde los sacerdotes encendían fuego, vertían una libación de vino e invocaban el nombre del dios antes de sacrificar al animal. La cabeza era lo primero que se cortaba. Heródoto decía que se lanzaban muchas maldiciones sobre la cabeza antes de llevársela, tal vez para alejar cualquier maldad albergada en el toro sacrificado. También escribió que si había comerciantes griegos en el mercado ese día, los sacerdotes se la vendían; de lo contrario, la cabeza era arrojada al Nilo.
